Seamos francos. ¿Tienen materia gris los trogloditas que se calzan la polera de un equipo de fútbol y lo único que hacen ante un micrófono es hablar uno y mil lugares comunes? ¿Alguna responsabilidad superior anima sus vidas: un hijo o padres en edad venerable?
La insufrible manera de hablar sobre un tema tan excluyente, para ellos, y al mismo tiempo baladí, ¿es el signo de estos tiempos? Escupir palabras que, en realidad, son jeremiadas huecas sobre qué equipo de fútbol es mejor, ¿no es el más estúpido despliegue de la nada, del vacío filosófico en sus vidas?
Cuando un sujeto, valiente él, pide que sus correligionarios demuestren lo fuertes que son y sugiere pechar a funcionarios de la entidad que administra el fútbol, ¿dimensiona, en realidad, lo que dice?
Lo único claro que deriva de sujetos tan escasos, de personajes tan poco leídos, de individuos que se creen dueños de una verdad es que no tienen responsabilidades familiares y que si las tienen y las reconocen les vale verga. A las claras se les ve sin hijos. Pobres.












